Telecolaboración " Turismo entre Pinamar y Trelew"

Responsables e integrantes del Grupo: 

  • Adela I.Cáffaro

  • María E. Ramón

Introducción

Somos dos docentes que vivimos desde hace tiempo en Pinamar.

Como en nuestra localidad, el Turismo es la principal fuente de ingresos, pensamos que se debe educar en todos los ámbitos para este fin. Este trabajo apunta a dar respuesta a ese objetivo, y también les sea útil a aquellas personas que deseen informarse respecto a nuestra ciudad.

En esta página no sólo encontrarán información de nuestro lugar sino también del sur argentino y específicamente de la ciudad de Trelew, de la que obtendremos información a través del intercambio educativo con la Escuela Nº138 desde la profesora responsable del área de Informática Sra. Edith Labril.

Consideramos oportuno para abordar el tema mostrarles cómo llegar a este lugar y así descubrir las bellezas naturales y arquitectónicas de nuestro partido, para ello visite la siguiente dirección:

http://www.pinamarturismo.com.ar

Es interesante que consulten esta página web para observar los diferentes links en el siguiente orden : descúbranos; cómo llegar; arquitectura y otras tan importantes como las mencionadas.

Las instituciones son las que dan vida a cada localidad, la nuestra también las tiene y podrán conocerlas entrando a la página:

http://www.telpin.com.ar/interneteducativa/WEBPIN/index.htm

Para consultar o aportar información, comunicarse a: acaffar417@hotmail.com o coquei417@hotmail.com

A continuación la brindamos datos sobre nuestro partido a través de su historia...

 

 

CONOZCAN NUESTRA HISTORIA...

PASADO

ESCASA es la tradición de nuestro litoral atlántico, y más escasas aún las referencias. En el siglo pasado, cinco o seis terrate­nientes compartían sus cuarenta leguas de costa..

Amedrentados por tal desamparo, rara vez intentaron trasponer las barreras de cangrejales y dunas que la naturaleza oponía para llegar al mar, quedando la costa casi totalmente aislada de las tierras vecinas. Aún hoy día muchos pobladores vecinos de las dunas no han visto nunca el mar.-

Sería, sin embargo, injusto oponerles el ejemplo uruguayo. Allí, las dunas mucho más mansas y con clima fluvial, comenzaban a las puertas de Montevideo, y constituían su forzoso veraneo; en cambio las nuestras, lejanas, más altas, con arenas estériles, clima marítimo y de difícil acceso, excusan el abandono en que fueran dejadas, y los pocos que, como Don Carlos y Don Héctor Guerrero, y el Ing. Cibils Avellaneda, iniciaron estas fijaciones, deben ser considerados como valerosos “pionneers”, tantas son las dificultades de toda índole que se deben vencer aún hoy día en estas empresas.-

HISTORIA

Lo único seguro de la historia local, es que no ha acontecido en la región ningún hecho histórico.

Sabemos esto con certidumbre, porque entre los obstáculos que la Administración acostumbra oponer a cualquier iniciativa que, como Pinamar, salga de lo ordinario, surgió la consulta al presidente de la Comisión de Estudios Históricos de la Provincia, para que dictaminara si ocurrió en esa zona algún hecho histórico con el objeto de infligirle a Pinamar el nombre del héroe de la batalla del barrio. En un erudito estudio el Dr. Ricardo Levene informó que no conocía hecho histórico alguno acaecido en nuestra vecindad.

No se crea que informara así para librar a este amable lugar de veraneo de algún aplastante nombre prócer y salvar su eufónico apelativo original, ya que, desbordando el carácter de la consulta acon­sejó, afecto al rebautizo, el de “Las Dunas”.

Un hecho, sin embargo, escapó a este gran microscopista de nuestra historia: en la laguna Las Chilcas aparecieron tres cañones semienterrados en el fango. Serían éstos traídos por algún grupo de los desbandados después de la derrota de los mártires del Sur, o abandonados por la expedición que de Carmen de Patagones, rica en artillería vino según lo quiere la tradición, a reforzar a esos rebeldes.

La laguna del Rosario, vecina a Pinamar, debe su nombre a una tradición legendaria: los herederos de un Alzaga colonial sabían por tradición familiar que en uno de los bosques de talas que rodeaban la laguna se había enterrado un tesoro, y se le encontraría porque del tala vecino colgaba un rosario. Una tarde, ignorante de tal tradición, vuelve una niña de su paseo con un rosario en la mano que había recogido del tala, perdiéndose así el tesoro para siempre.

   

LOS POBLADORES

Un documento elocuente de la historia de los establecimientos de la costa es el antiquísimo título de propiedad de los Cobo, grandes terratenientes de la zona, y del cual transcribimos literalmente algunos párrafos que son vivo trasunto de la época: en 1814, Don Julián Martínez Carmona se presentó al Gobierno acreditando, ser poseedor de las estancias “Las Chilcas” y “El Tuyú ”; para lo cual acompañaba rnensura del “agrimensor y matemático” José de la Villa, y manifestaba que esas tierras se encontraban “del otro lado del Salado como “a 40 leguas de la Guardia de Chascomús y como a 70 de Buenos Aires, paralelo y línea divisoria de la nueva frontera hacia Guardia “de Chaquelvincul”.

En vista de esta presentación, en 1814, el Gobierno resolvió dar curso al pedido para lo cual se formó una expedición compuesta por el Alcalde de la Hermandad, que lo era el Capitán de Milicias Don Mariano Fernández, el interesado, don Carmona y además “Contadores de cuerda y tasadores”, y otros de la Guardia de Chascomús.-

“Estando en el terreno tomó el Alcalde la gente necesaria a quienes les tomó el competente juramento, y salieron rumbo a los vientos cardinales del mundo de Este a Oeste y de Norte a Sur, motivado que todas las estancias que el Estado había dado en aquellos parajes estaban delineadas a los citados rumbos y era forzoso ceñirse a lo obrado.”

Después de medida “Las Chilcas” el comisionado Alcalde y su comitiva se trasladó a “El Tuyú”, e informa:

“Terminado el trabajo nos internamos al centro del terreno con la mayor dificultad por impedirlo las quebradas, maciegas y bañados que cubrían hombres y caballos. El terreno puede contar de cinco leguas cuadradas, la mayor parte compuesta de bañados, maciegas, tigres y otras varias fieras.”

Siguen luego las pericias y traspasos de estos campos, que en 1822 fueron adquiridos por Don Juan Pablo Sáenz Valiente, y en 1831 por J. M. Cobo.

Similar origen deben tener las tierras donde está ubicado Pinamar, propiedad original de los Alzaga y luego de los Guerrero.

El título de propiedad antes citado da también datos interesantes sobre el valor de la tierra en ese tiempo, así:

“El 14 de Abril 1821: Juan Lorenzo Castro y José Domínguez nombrados por el Excelentísimo Gobierno para tasar el campo “Las Chilcas” se expiden así: “Con los conocimientos de vistas que tenemos de los mencionados terrenos, cuya calidad no siendo de las mejores por ser en muchas partes sin montes ni potreros, y a una distancia sumamente avanzada, apreciamos a veinte pesos la legua cuadrada, “el cual consideramos su justo valor a nuestro leal saber y entender.”

Esta tasación inverosímil tiene “gato encerrado”, ya que el 17 de mayo de 1821 se otorga la escritura de compra entre el Gobierno Nacional y el señor Julián Martínez Carmona, y el 21 de abril de 1822 éste vende a Don Juan Pablo Sáenz Valiente “Las Chicas” y “El Tuyú”, quien abona: “5 onzas de oro por los gastos de mensura, tres pesos y medio por cabeza de ganado chico y grande, los bueyes a “diez pesos, los caballos en buen servicio a tres pesos, los redomones a dos reales, las yeguas a cuatro, y cincuenta pesos cada una de las dos poblaciones con sus útiles, los dos campos se venden a pesos 47.519.- mitad al contado y mitad a cuatro años, siendo fiador Don Juan Martín de Pueyrredón.-

El 6 de septiembre de 1831 compra esta propiedad Don Manuel José Cobo, pero no se consigna su precio.-

 

NAUFRAGIOS

Estas playas, sobre todo al Norte de Pinamar, se caracterizan por los restos de barcos que las pueblan de leyendas y recuerdos. Por un lado, la costa inhóspita y el mar no siempre manso ocasionaron muchos naufragios, y por otro la playa solitaria y poco profunda resul­taba ideal para embicar algún viejo patacho y cobrar su buen seguro.

José A. Wilde cuenta en “Buenos Aires sesenta años atrás”, que en 1828 naufragó en esa costa un barco francés y como los pobladores hubieran saqueado el cargamento, el cónsul francés, el culto M. Ribet acudió personalmente a reclamar la mercadería. Poco acostumbrados a tales exigencias, optaron los aprovechados saqueadores por darle muerte.

Entre los naufragios más destacados sobresale el del velero “Anna” encallado frente a “El Centinela” en 1894, sorprendentemente tierra adentro y bien conservado. Este velero de tres mástiles era de matrícula de Hamburgo, y en la popa llevaba el nombre “Anna” y abajo “Hamburgo”, y ha quedado denominado en la zona como el “Ananburgo”. Venia del Perú con guano, azúcar, y una compañía de operetas francesa, que al naufragar erraba desamparada por la costa cuando apareció un jinete que imaginaron indio peligroso “de las pampas”, el que seguramente vendría seguido de muchos cazadores de cabelleras. Cual no fue su estupor al ver que el presunto salvaje se expresaba en correcto francés y estaba reparando en la soledad austera de los arenales, las brechas abiertas a su patrimonio por compañe­ras más afortunadas de la “rue de la Paix”.

Algo más al Norte existen también los restos deteriorados del “Carnac” , un espléndido barco a vapor que en la época del naufragio debió haber sido de lo más moderno, no solamente por lo esbelto de su casco, sino por sus dos hélices y espléndida maquinaria.

Entre los restos de barcos de cabotaje se destacan el de la “Margarita” que bautizó esa región, el “Vencedor” y el “Triunfo”, de nombre agorero, de los que quedan ya muy pocos rastros. El “Recluta” vino también a terminar en esa costa su gloriosa carrera y por poco el “Legh II” completa la serie al encallar hace dos años frente al faro Querandí.

  HISTORIA MODERNA

La historia moderna de la zona comienza con Ostende. En 1909 se formó una sociedad para crear un balneario en las dunas pertenecientes a Don Manuel Guerrero, y lo bautizaron con el nombre de la aburrida playa del Mar del Norte. El momento era propicio, el ramal del F. C. Sud que llegaba a General Madariaga y Juancho, había acercado sensiblemente la costa a Buenos Aires, y ya comenzaban a sentirse sus efectos beneficiosos en toda la región.

Las cosas se hicieron en grande: enormes avisos sobre todo, pero también alguna obra; un decauville cruzaba los 4 km. de dunas. Se trajeron millares de plantas de tierra firme, se comenzó la construcción de un muelle y grandes galpones. Habían trazado un hermoso pueblo lleno de avenidas y diagonales de nombres pomposos, sin tener en cuenta para nada los médanos y sus desniveles imponentes.

Se remataron por mensualidades miles de lotes, y el éxito fue clamoroso para la época. Algunos vanguardistas edificaron sus casas, y una capilla y varios hoteles. Las temporadas son un alegre triunfo de la naciente clase media.

         Junto a estos augurios propicios, sigilosamente acumulábanse las arenas junto a las casas, y poco tiempo tardaron en sepultar las cons­trucciones en revancha implacable.

Abandonaron los compradores decepcionados el pago de sus cuotas, los veraneantes desistieron de salvar las ruinas, y quebró la sociedad explotadora del balneario.

Poco quedó de Ostende en breve tiempo: las vías del “decauville”, las vigas del muelle, y de los galpones, se reconocen en las construcciones vecinas; a veces extraños ventanales “art nouveau” adornan modestos ranchos.

Hubiera desaparecido Ostende enteramente si no fuera por algunos empecinados. Un hotel concentra todavía un centenar de cenobitas. Las dunas alcanzaron hasta su segundo piso, desde donde salían los veraneantes por una pasarela accediendo a un deslumbrante paisaje africano.

Se ha juzgado muy severamente a los especuladores de Ostende, y es tal juicio inmerecido, ya que si no fijaron las dunas fue por ignorancia, justificable en aquella época, y hubo al menos un intento de realizar obra; además las victimas fueron gente acomodada y los mismos iniciadores pagaron su fracaso con la bancarrota.

Mucho más vituperable nos parece lo que hoy día realizan especuladores sin escrúpulos que, aprovechando el éxito de otros balnearios, ya realidad, se limitan a llenar las páginas de los diarios de imposturas audaces, indicando caminos que no existen, publicando fotografías de otras playas, prometiendo obras de imposible realización, y sustrayendo las economías de clases menos afortunadas que ni medios han tenido para visitar esos páramos y descubrir el engaño.

Lo más grave es que una vez subdivididos los arenales, todo intento de fijar las dunas está destinado al fracaso, debiéndose hacer las plantaciones antes de atraer al público que involuntariamente las destruye, haciendo imposible toda plantación a posteriori.

Pinamar sigue otro camino y ha aprovechado estas lecciones.

Las dunas y los cordones medanosos, cuya altura a menudo alcanza los 25 metros y a veces los sobrepasa, tiene una forma que esquemáticamente puede considerarse como la de un prisma triangular: de sus tres lados, uno constituye la base y los demás los costados. Estos son desiguales: el costado a barlovento, que llamamos dorso del médano, es más ancho y desciende hacia el mar con incli­nación más suave; el costado a sotavento, que distinguimos con el nombre de frente, baja hacia tierra adentro con declive mucho más brusco. Hacia arriba, en su intersección, el plano del dorso y el plano del frente forman una arista, a veces filosa, que llamamos cresta del médano.

Las dunas aisladas y los cordones no son formaciones fijas; por el contrario, tan pronto como se establecen, emprenden un lento movimiento hacia el interior del continente. Y, mientras adelantan, dejan libre la costa a la formación de nuevas dunas y nuevos cordones. En las costas muy tendidas, como a menudo se observan también en muchos puntos del litoral bonaerense, surgen así vastos campos medanosos, que pueden alcanzar leguas en su ancho.

El movimiento se efectúa por sucesivo transporte: empujados por el viento, los granos de arena suben por el dorso de la duna y, al traspasar la cresta, caen por la pendiente abrupta del frente.                              Es así que, capa tras capa, las arenas pasan de barlovento a sotavento y el médano camina.

En su avance, tanto más rápido cuanto más dura el viento y más intensamente sopla, y tanto más lento cuanto mayor es la masa arenosa, el médano invade campos cultivados esterilizándolos, y sepulta edificios derribándolos. Si frente al médano que se desplaza existen obras humanas, preciso será entonces, para defenderlas, fijar la masa arenosa con protecciones adecuadas: estacadas, mamposterías, revo­ques de cemento, plantación de árboles. Entre los obstáculos que la mano del hombre puede oponer al médano invasor, el más oneroso, pero también el más eficaz es, sin duda, una densa vegetación artificial, realizada con plantas y árboles que crecen fácilmente bajo el clima propicio a la formación de médanos y en las arenas sueltas y saladas que proceden de las playas marinas. Con este medio, en nuestras costas ya se han realizado milagros, levantando parques allí donde se dilataban vastas arenas estériles.

En ellas, una densa vegetación arbórea de crear en el desierto paisajes hermosos, proporciona esparcimiento al espíritu y leñas al hogar.

 

 

Cuesta imaginar que en lo que hoy es Pinamar, hubo gente que murió de sed, que estos médanos que hoy vemos cubiertos de bosques, casas y jardines conformaron una valla que separaba al hombre del mar. Médanos imponentes donde hasta los indios temían penetrar.

Nadie quería el ‘fondo del campo” donde nada crecía y nada vivía, las extensiones de campo fértil eran vastas y estaban lejos de aprovecharse intensamente.-

Las ciudades guardaban un tamaño humano y las viviendas eran espaciosas con un ritmo de vida más pausado. Aún no se había producido la necesidad que siente el hombre moderno de espacio, tiempo y contacto con la naturaleza.

En aquellos tiempos no se tenía conciencia de la falta de extensión de nuestro litoral marítimo, de manera que, sin el acicate del entusiasmo por el mar ni la preocupación por acercarse a él, los médanos eran obstáculos suficientes como para desalentar en pensar en las posibilidades de la zona.

Repetidos fracasos coronaron algunos experimentos que en tal sentido se llevaron a cabo a principios del siglo, cuando se vendieron lotes sin conocer la necesidad de controlar antes los movimientos de los médanos con fijaciones y plantaciones.

Aumentó la leyenda negra de la zona, estos fracasos fueron sólo fruto de la improvisación y del desconocimiento del comportamiento de los médanos ignorando que,  por ejemplo, las landas francesas tan expuestas como nuestra costa hablan sido fijadas y forestadas con éxito en el siglo XVIII.

Poco después de estos fracasos Héctor Guerrero y más al norte el lng. Clbils Avellaneda lograron plantaciones hasta el mar con todo éxito.

Jorge Bunge, ingeniero y arquitecto recibido en la Real Escuela Politécnica de Munich, que habla estudiado urbanismo con Teodoro Fisher, conocía estas plantaciones, ya que habla trabajado en la zona. También conocía experiencias realizadas en Francia, Estados Unidos, Chile y Uruguay.

Como urbanista tenía la inquietud de la inexistencia de playas en la Argentina que respondieran a las necesidades del hombre moderno, solo habla entonces ciudades o pueblos al borde del mar.

Después de estudiar las características y posibilidades de esta zona donde existía un ramal ferroviario y llegaba la traza de una ruta provincial, formó con Valeria Guerrero de Russo, dueña de este “fondo de campo’ la Sociedad Anónima PINAMAR donde él aportaba el capital y la Sra. de Russo el campo.

A esta Sociedad se incorporé un grupo de importantes industriales, hombres de campo y profesionales: Carlos P. Anesi,  Federico Otto Bemberg, Enrique Bordot,  Jorge Born, Eduardo Bunge, Victor Casteran, Francisco A. Chas, Gastón Dedyn, Manuel Fontecha  Morales, Alfredo Fortabat, León Fouvel Rigolleau, Eduardo García Fernández, Anibal López, Gustavo Malán, Ramón Mur, General Alberto Olivera César, Manuel Thibaud, Ignacio Uranga.

Jorge Bunge era un precursor y su inquietud de crear un balneario argentino donde el verde de la vegetación se uniera al mar hizo que aplicara conceptos urbanísticos adelantándose en varias décadas a lo que hoy es exigido y lo hizo porque unía a sus conocimientos técnicos su gran amor por la naturaleza, que fue la razón de ser de Pinamar “La Playa Verde Argentina”

El Plan Director de Pinamar tomaba en consideración todos esos factores y los plasmaba autolimitándose en el uso del espacio, considerando el conjunto visual y panorámico. Esto implicaba también una autolimitación a terceros, y por ello no fue fácil implementarlo al no ser siempre comprendido y hubiera sido imposible llevarlo a cabo sin el apoyo de quienes encontraron en ese Ordenamiento Urbano la respuesta a sus exigencias de vida, tanto los que buscaban un lugar de descanso diferente como los que se instalaban a vivir en Pinamar.

Por ello fue importante el aporte de los que por su amor a la naturaleza y a un estilo de vida defendieron lo que es patrimonio de los pinamarenses y su apoyo mantuvo viva la idea que motivó la creación de Pinamar.

Hubo una larga lucha sin descanso con quienes, por su afán desmedido de lucro, pretendieron no respetar las autolimitaciones que significaba el aceptar este Plan Director, lucha que tuvo más de un fracaso, pero que ya desde 1978 tiene el apoyo del Municipio Urbano de Pinarnar y del gobierno de la provincia de Buenos Aires.

Pinamar S.A. cumple 50 años. Aunque la rapidez extraordinaria que imprimiera a la Empresa el Arq. Jorge Bunge en sus primeros años no es actualmente necesaria, se continúa en un ritmo de crecimiento ininterrumpido.

Es así como en los últimos años se fijaron y forestaron 900 Hs. con todo lo que este trabajo significa: estudios de planimetría, hidráulicos, modelación de médanos, estudio y marcación de las futuras vías de comunicación, etc. Se plantaron 1.600.000 árboles y se urbanizaron 300 Hs. de las cuales 200 de ellas están totalmente terminadas con su red de energía eléctrica, agua corriente, sus calles compactadas y algunas pavimentadas. En 1971, los Arquitectos ClorindoTesta Héctor Lacarra y Maria Elvira Jorcino de Aguilar, completaron y actualizaron el Plan Director, el Decreto 307, de 1978 exigía la adecuación a la Ley 8912, y al trazado de la ruta Interbalnearia.